Elena: No hay mal que dure 7 años

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Las separaciones amorosas suelen ser sucedidas por una repartición de bienes de todos tipos. Qué tan voraz o diplomática sea ésta, depende de la duración y seriedad del romance en cuestión, así como los términos en los que se dio. Cuando mi ex y yo cortamos —historia que relataré en otro momento—, realmente no había muchos objetos que reubicar; tal vez uno que otro disco o película que tenían cierto valor sentimental.  En cambio, la repartición de amigos y familia fue algo mucho más difícil de hacer.

Yo tenía una gran relación con los papás y hermanos de mi ex, quienes siempre me adoptaron como un miembro más de la familia, y a la fecha los extraño. También estaban los amigos, como Elena y Rubén, quienes sufrieron nuestra separación como los hijos de un divorcio. Con mi ex de acuerdo, ellos me siguieron viendo, pese a que sentimentalmente eran más cercanos a ella. De hecho, Elena me ayudó a sobrellevar el rompimiento. Su apoyo fue como el de una hermana que escucha, pero sobre todo, dice aquellas cosas que uno no quiere oír.

Pasaron varios meses y yo me metí de lleno a disfrutar mi soltería. Salí con todas las mujeres que no conocí en los siete años de mi relación. Elena y Rubén se convirtieron en una especie de termómetro sentimental, ayudándome a discernir qué tanto estaba rebasando los parámetros de cordura y buen gusto en cada una de las citas que tenía.

También fue la época en la que me salí de casa de mis padres. Una noche invité a Elena y Rubén para hacerles de cenar y a que conocieran a la chica con la que estaba saliendo. Era una estudiante de artes plásticas que había abandonado sus estudios a la mitad para ponerse a viajar por el mundo. Tenía los brazos tatuados y un piercing en la parte trasera del cuello, que le había copiado a un punk en Nueva York. Los tatuajes me encantaban y el piercing me provocaba mucha ansiedad.

—No tiene nada que ver contigo —me dijo Elena después de conocer a mi nueva amiga.

—Lo sé —dije yo —por eso me gusta.

—Pero, ¿qué esperas de esa relación? —me interrogó.

—No sé, hasta ahora me ha pasado muy buena música y ya me recomendó a un tatuador.

—Ya no tienes veinte años, Anjo. Tienes que pensar en tu futuro —dijo.

—Es justo lo que estoy haciendo —respondí.

La cena se prolongó al grado de convertirse en desayuno. Mi acompañante se había despedido varias horas antes para irse a dormir a mi cuarto. Yo me quedé con Elena y Rubén hasta que vimos el alba por la ventana. Cuando por fin se fueron y pude meterme a la cama, la chica tatuada me preguntó:

—¿Qué onda con el olor de Rubén?

—Ya sé es horrible —respondí—. Es médico forense y huele a eso.

—¿A muerto?

—Exacto.

La siguiente vez que vi a Elena fue durante una cena para celebrar su titulación de licenciatura. También fue la noche que volví a ver a mi exnovia después de que cortamos. Había pasado, al menos, un año y medio.

—Te ves muy bien —me dijo—. Bajaste de peso.

—Gracias, tú también te ves bien —contesté.

—¿Cómo has estado? —preguntó.

En ese momento los gritos de Elena interrumpieron nuestro encuentro. Se paseaba de un lado al otro del restaurante hablando por teléfono, le exigía a Rubén una explicación de por qué no había llegado a su examen profesional. Cuando colgó nos contó que su novio se había quedado dormido.

—Ay, Elena. Tú no te mereces esto —le dijo mi ex mientras le ofrecía un vaso con agua.

Todos los invitados hicimos lo que pudimos por animar y distraerla, pero nuestro esfuerzo fue inútil. Elena nunca pudo borrar la desilusión de su rostro en toda la noche.

La mañana siguiente me despertó el interfono de mi departamento. Era Elena.

—Me crucé con tu ex en la entrada —me dijo sarcástica.

—Sí, se acaba de ir —respondí—. ¿Qué pasó?

Le ofrecí una taza de café. Elena resumió siete años de una mala relación en un lapso de dos horas. Fue la primera vez que la escuché expresar toda la frustración y desesperanza que Rubén le hacia sentir. Llevaba todo ese tiempo con miedo de dejar algo seguro, para buscar otra cosa mejor.

—Te conozco hace muchos años —dije finalmente—. Te he visto crecer. Eres la mejor amiga de mi ex. Eres como un pajarito que salió del cascarón y ahora está en una rama descubriendo sus propias alas, muriendo de ganas por volar, mientras Rubén te está tomando de una patita y no te permitiera despegar. Tu novio te ancla.

En ese momento Elena rompió en un llanto desconsolado. No dijo ni una palabra y lloró todo lo que no había llorado en siete años. La abrace unos minutos, tomó sus cosas y se fue.

Al día siguiente me llamó y me dijo que saliendo de mi casa se subió a su coche y cortó a Rubén por teléfono.

(Continuará...)

Por: Anjo Nava

Fuente: Crónicas del mejor amigo

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