Lo prohibido que dejó de estar prohibido

Tabú
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En materia de sexo, lo prohibido dejó de estar prohibido para pasar a ser obligatorio. Salimos de una trampa de puertas cerradas para pasar a otra de puertas tan abiertas, tan exageradamente provocativas, que produce una reacción paradojal.

En los últimos 10 años, en mi consultorio he observado que el promedio de las relaciones sexuales en las parejas estables bajó a una por semana, o menos. ¿Crisis económica? ¿Estrés y agotamiento por razones laborales?

Posiblemente pasó algo más: surgió el desconcierto y ya no se sabe cómo hacer el amor entre un hombre y una mujer, que no son como los de antes. Antes, el hombre trabajaba fuera de casa y traía el sustento para la familia. La mujer estaba dentro del hogar y protegía los intereses afectivos. También oficiaba de geisha en la cama, y traía alivio con caricias, ternura; como lugar de desahogo a la angustia, rabia o frustración de las preocupaciones masculinas de cada día.

Ahora, la mujer también trabaja fuera de su hogar, muchas veces no simplemente porque le está permitido hacerlo, sino porque le es obligatorio. Antes daba vergüenza a una mujer decir que parte de su día transcurría fuera de los límites domésticos, porque eso hacía referencia a hijos descuidados, marido incompetente, demasiada liberalidad en sus costumbres. Ahora da vergüenza decir que no se trabaja, siendo mujer, porque eso hace alusión a ser perezosa, despreocupada, poco solidaria con el marido, apática o poco interesante. O, muchas veces, sembrando la duda si no mata su aburrimiento con un amante.

El hombre, desconcertado frente a la enorme capacidad de trabajo y de recursos económicos que puede producir la mujer, reacciona, muchas veces, de modo desconcertante: trabaja cada vez menos, se siente cada vez más impotente, se niega a colaborar con la economía doméstica, ya que la mujer puede sostenerla por sí sola, se siente robado si la mujer le pide un regalo o se siente amenazado si se le ofrece alguno más o menos importante. La mujer sabe que ganó mucho, gracias a su autonomía económica. Pero también, a veces lamenta lo perdido.

En la sexualidad, la mujer también sabe que ganó gracias a las nuevas permisividades eróticas. Pero, por momentos, ese permiso se transforma en la obligación de “batallar” un orgasmo, realizar hazañas de erotismo acrobático, conocer todos los recursos de la sexualidad propia y del otro, "tener experiencia" pero no demostrarlo, conocer y ejercer sus potencialidades amatorias pero no apabullar, no ser inhibidas, pero mucho menos complacientes.

La igualdad llegó a los sexos y ahora, en la cama es obligatorio hacer lo mismo. ¿Y “esa pequeña diferencia” que permite un encuentro feliz? Es cuestión de reinventarla, de redescubrirla, recreando una nueva sexualidadm, permitida pero no obligatoria.

Por: Diana Resnicoff

Fuente: Hablemos de sexo